lunes, octubre 11, 2004



Cada octubre es lo mismo. Empiezan las finales de beisbol. Es sobre todo en estas fechas cuando me acuerdo de mi infancia. No tan sólo del juego en sí, sino de algo más.

No tengo idea de cuando empezó ni donde quedaron. Pero llegué a tener cientos de cartitas de beisbolistas, muchas heredadas de otros amigos, de mi hermano. Algunas cuantas nuevas.

A mi me gustaban los Dodgers de los Angeles, obviamente los Padres, pero pocas cartitas eran de jugadores de estos equipos.

Todavía recuerdo el sabor de los chicles que se incluían en los paquetes. Planos, secos, quebradizos. Lo de menos era eso, el chiste era tener a los mejores jugadores.

No era como ahora, que los aficinoados compran las cajas completas para garantizar tener toda la colección. Antes era todo un show juntar dinero y correr a comprar un paqute. Luego venía el intercambio con los amigos, el presumir al jonronero o al picher estrella.

De los principales había que saberse más información. Cuantos jonrones en la última temporada, cual era el promedio de bateo, si era zurdo o derecho.

Entonces ni pensar en la NBA. En el futbol americano si, aunque no recuerdo haber comprado cartitas.

Han pasado muchos años y recuerdo la caja de zapatos donde guardaba las cartitas. El olor de la humedad. Una sonrisa aparece en mi rostro al recordarlo.



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